Awassa Youth Campus

Escrito por Covadonga Álvarez.
En el África nororiental, un león milenario se acuesta sobre tierras volcánicas y lagos inmensos. Las garras de Etiopía se hunden en una de las civilizaciones más antiguas de la tierra y señalan la excepción de un basto territorio nunca colonizado dentro del inmenso continente africano. El anciano  corazón del león abissinio acoge, sin embargo, los latidos de una de las poblaciones más jóvenes del planeta: El 44,6 % de los habitantes de Etiopía es menor de catorce años. En la ciudad de Awassa, y mientras occidente se preparaba neuróticamente para el efecto 2000, Meshu Tamrat daba tumbos de un lado a otro sin nada especial que hacer. Como tantos otros niños abandonados de las zonas urbanas, se mueve como un pez entre las caóticas aguas de las calles y habita lo que parece ser un inevitable destino de violencia, enfermedad y muerte. Pero el destino no sucede. Inexplicablemente, el cuerpo de Meshu se aproxima a los de de otros chicos y chicas para girar en el aire y algo dentro del león se mueve de pronto en un giro rápido y espontáneo. Siete años después, hay un circo y un teatro en marcha.
En el corazón del león se escuchan latidos imprevistos.

Saltos sin muerte

A mediados de los años ochenta, la lluvia se detuvo en Etiopía. La contundencia del sol descendió como una losa sobre las cosechas, la desorganización y los conflictos armados externos e internos de uno de los estados más antiguos de África. La tierra que en 1941 se deshizo del intento de ocupación del fascismo italiano manteniendo su excepcional estatus de independencia dentro del continente africano, ardía en un denso incendio solar y Addis Abeba, su capital, apenas recordaba  la esperanzadora designación que en 1963 había llevado a su terreno la sede de la Organización para la Unidad Africana  (OAU).  En varias fases, una hambruna generalizada asumió los cuerpos de más de siete millones de etíopes en una feroz invasión que cercenó prácticamente todas las posibilidades de subsistencia mientras el cielo,  despejado sin tregua, trazaba sobre la tierra el inevitable mapa de muerte que el país recorrería durante más de una década. La sequía, unida a la miseria ya existente, caía como un manto atroz sobre la basta superficie de Abissinia, el tercer país más poblado del continente africano. Ya nada se movía, tan sólo los enfrentamientos armados y los intercambios de prisioneros con Somalia hacían ruido entre el miedo mudo de la población.
Es inevitable, aún hoy, que la memoria recupere el contorno de ciertos rostros. La escuálida brutalidad de las imágenes de las niñas y los niños etíopes recorrieron las televisiones occidentales  y  varios países respondieron con un envío desorganizado de alimentos y otras medidas asistenciales de dudosa eficacia. Aunque la falta de infraestructura y la problemática situación política del país casi siempre terminaban en continuos asaltos a los suministros e impedían su distribución entre las personas a las que iba destinada la ayuda, la inercia amnésica del mundo contuvo los  cuerpos escuálidos dentro de las fotografías, desvió su posible responsabilidad y miró en otra dirección. Finalmente, el cielo se abrió y  llegaron las lluvias. La hambruna se diluyó así en la enmarañada memoria de la cooperación internacional y las aldeas recuperaron su ancestral cotidianeidad. Las ciudades, entre tanto, retomaron el caos y la miseria donde la habían dejado.

Había, no obstante, otra invasión en marcha.

Actualmente, mientras Etiopía señala en su calendario la entrada en el año 2002, el virus del sida se instala en los cuerpos de más de un millón y medio de personas y adopta las formas de una auténtica pandemia. Ni las cientos de campañas preventivas ni las continuas informaciones al respecto que diariamente bombardean a los etíopes, parecen conectar con la población o estar en posición de impedir de forma eficaz que el VIH persista en su inexorable avance. Las razones de este fracaso pueden encontrase en el uso de un lenguaje impreciso y desajustado respecto a la realidad vital de las personas a las que pretende difundir información y que se  encuentra, por tanto, con los oídos sordos de sus destinatarios. Tampoco las estrategias utilizadas para llegar a la población han sabido cómo franquear el muro de una mentalidad milenaria que de hecho desconocen y que hunde sus raíces en una profunda y sostenida desigualdad de género. Y mientras, las calles de las ciudades se llenan de niños y niñas en situación de parcial o total abandono y de menores que escapan de hogares diezmados por la miseria huyendo del maltrato. La desprotección y poca importancia que se concede a los derechos de los niños respecto al cuidado, se une a la disolución del deber de proporcionárselo por parte de los adultos, cuyo resultado es que se infravalore o desatienda el maltrato, el abuso y la indigencia infantil y se ignoren situaciones de auténtico riesgo vital para los menores.  Cuando llegan a la calle, las niñas son normalmente captadas para trabajar como auténticas esclavas domésticas y sexuales dentro de las casas de cuidadores adoptivos a los que nadie pide cuentas, mientras que los niños deambulan de un lado a otro sin otra intención que la de sobrevivir.  Unidos por el desamparo, forman pequeñas familias que se mueven con los ojos muy abiertos en busca de posibilidades. Éstas señalan, a menudo, salidas en dirección cero; la frustración y  la carencia de las herramientas y el ambiente necesarios para desarrollar sus capacidades suponen un caldo de cultivo sin igual para la delincuencia, el desarraigo y la repetición de roles. Aún así, y contra todo pronóstico, ocurre el milagro.
Inesperadamente, el destino predecible se interrumpe y el innato potencial creativo de un grupo de niñas y niños se abre paso a través del SIDA, las elevadas tasas de analfabetismo, la violencia de género y la delincuencia con una capacidad expresiva natural e incuestionable. Los cuerpos hablan de nuevo por sí mismos, van por delante de las palabras y consiguen conectar en un movimiento el pasado, el presente y la posibilidad de un futuro distinto, mejor. Un escenario improvisado se instala a las afueras de las limitaciones temporales y financieras de la mayoría de las ONGs internacionales que trabajan en la zona. Los saltos sin muerte nada saben de oídos sordos  e inician un diálogo real con la comunidad.

Cuerpos sin miedo

Un cuerpo breve gira en el aire.
Después, la caída ágil al final de la fila de viejas colchonetas estiradas sobre la tierra naranja de la ciudad  de Awassa.  A ese primer cuerpo lo siguen otros dos que se alejan del suelo entrelazados, unidos de pies y manos. Rápidos, vuelan y caen en el borde rojizo del sol de Abissinia, mientras el cielo abandona su incendio denso y empieza a oscurecerse sin prisa. Son las siete de la tarde y el entrenamiento acaba de comenzar.
Desde una de las esquinas, un joven etíope de poco más de veinte años supervisa las acrobacias y da instrucciones en amárico, la lengua oficial del país. Tres veces por semana, sucede: Un enjambre de niñas, niños y jóvenes abandonan las calles y los rincones más miserables de la ciudad para acudir en una ráfaga a las instalaciones del Awassa Youth Campus y rodear a Meshu Tamrat, su entrenador y el director del One Love Theatre. Tres veces por semana, el circo y el teatro toman posición y lugar en la rutina callejera o en las delicadas situaciones vitales de un grupo de personas que raramente supera los diecisiete años. Durante horas practican acrobacias, cantan, bailan e interpretan. Sus cuerpos no tienen miedo a las caídas ni sentido del ridículo, por lo que ganan en dominio y en gracia. Sin más, juegan, lo intentan, lo hacen. Después, cada cierto tiempo, las exhibiciones públicas. Se aprovechan actos diseñados por otras ONGs que trabajan en su misma línea o en fiestas ofciales. Cada vez hay más público, cada vez hay más precisión en los saltos y más fuerza en la representación teatral. Es fácil reconocer la vida de Etiopía en sus caras, en sus volteretas y en sus voces. Es fácil, y emocionante, prestar atención
No puede saberse si fue Meshu quien encontró el teatro o si éste lo buscó a él siete años atrás, cuando su padre desapareció y él comenzó a pasar cada vez más tiempo en las calles. Otros chicos en las mismas o peores circunstancias se convirtieron casi instantáneamente en su nueva familia y juntos comenzaron un recorrido por los rincones más miserables de Awassa, al borde mismo de la pobreza, la amenaza de los orfanatos y el descalabro. En un momento dado, para divertirse, el grupo comienza a entrenarse. Cada día hacen eso: no temer las caídas y convertirse en acróbatas. Permanecen así, ensimismados en sus giros, hasta que un entrenador local se detiene sorprendido ante uno de los ensayos de callejón del grupo y se hace cargo de su entrenamiento durante los dos años siguientes. Los chicos, cuya frescura y dinamismo no deja a nadie indiferente, empiezan a darse pronto a conocer y en una de las frecuentes actuaciones que realizan en la calle, el director de teatro norteamericano David Schein les propone la formación de un grupo de teatro. Un mes más tarde, el HIV/AIDS Education Circus invade las calles de Etiopía.
Durante cuatro años el grupo de Meshu recorre el país realizando numerosas actuaciones al aire libre con cada vez mejor acogida. La inmediata conexión con el público y la eficacia del espectáculo para transmitir información, hacen que Meshu y el resto de sus compañeros empiecen entender el teatro una poderosa herramienta para el cambio personal y social, para educar a otros y a sí mismos. A pesar de eso, se sienten cada vez menos identificados con el contenido de un show que responde más a los intereses de las entidades que financian el proyecto que a los de los beneficiarios del mismo. Poco a poco, decepcionados, abandonan el grupo.
El amor y la pasión que Meshu siente por el teatro es, sin embargo, irreversible. Comprende su fuerza como acción transformadora y alternativa a la calle y en el año 2005 funda con dos amigos una ONG desde la que poder articular el proyecto de One Love HIV/AIDS Awareness Theatre o lo que es lo mismo: la unión de la danza, la interpretación, el circo, la música y la gimnasia dentro de un mismo espectáculo. La propuesta de One Love trasciende lo lingüístico para luchar contra el SIDA, la pobreza y la desigualdad entre hombres y mujeres y promover un cambio real en la sociedad a través de la gente joven -la mitad de la población y el auténtico futuro del país-.  Mientras que muchas ONGs descartan la inversión a largo plazo que supone el trabajo con los niños y las niñas de la calle por considerarlo complicado y poco visible, Meshu y sus compañeros dentro de One Love entienden al fin que son precisamente ellos los únicos que pueden articular un cambio profundo en la sociedad mediante la educación, el desarrollo de la creatividad y una actitud de lucha no violenta que les permita tomar un papel activo dentro de la comunidad.
Un año después, el resultado de esta decisión se concreta físicamente y el Awassa Youth Campus abre sus puertas. Pensado como un complemento a la educación formal, en el centro se imparten clases de música, danza, aikido, circo y teatro, además de ofrecer un espacio desde el que combatir la apatía y la inercia hacia el uso de la violencia para sobrevivir o imponerse a otras personas.
En Febrero de 2007, One Love presentó Our World, la primera obra concebida por el grupo para ser representada en un teatro. Escrita, producida y dirigida dentro del marco del Awassa Youth Campus e interpretada por las chicas y los chicos que acuden a sus instalaciones, la pieza cuenta la historia de tres jóvenes etíopes que, por diversas circunstancias, terminan eligiendo caminos muy distintos y muestra los estragos sociales del sida, las desigualdad de género y la pobreza sobre Etiopía. La asistencia al estreno de la obra superó todas las expectativas y dio paso a un tour por todo el país.
Bajo la dirección de Meshu, la organización del Awassa Youth Campus ha actuado ante más de 70000 personas  y  ha atendido a las necesidades de más de 5000 jóvenes y niños constituyendo, además, una propuesta teatral realmente innovadora así como un modelo educativo y creativo eficaz que pretende desplazar sus ideas a todos los rincones de África.

Pero aún, un movimiento más. Un movimiento transoceánico

El dos de octubre del 2008, el Awassa Youth Campus actuó por primera vez en la ciudad de Nueva York dentro del programa del festival que acompañó a la conferencia Cambiando el Mundo 2008.  Se inició así un tour oficial por Estados Unidos que recorrió los estados de Massachusetts, Pennsylvania, Rhode Island, Washington D.C., California y Colorado. Las presentaciones incluyeron abundante material fotográfico, videos, música, danza y contaron, por supuesto, la historia de su lucha contra el VIH, la violencia y la desesperanza. La posibilidad de construcción de un nuevo centro en Etiopía  que proporcionaba  la realización de este tour era motivación más que suficiente para afrontar el reto con ilusión, si bien es cierto que la ilusión nunca se ha encontrado entre sus carencias. El sueño no ha dejado de crecer ni de hacerse realidad en todo este tiempo. El rojo corazón de Awassa es tentacular, un acróbata inesperado en el desierto de los destinos predecibles de África, la parte fundamental de un cuerpo siempre en movimiento y perfectamente capaz de extender sus arterias al resto del continente, cruzar el océano, alcanzar el borde de Nueva York y seguir avanzando. Para volver a su lugar de partida con una mirada más completa y, de nuevo, recomenzar . Las garras del león trazan nuevos surcos sobre el viejo territorio, tan exactas como un salto mortal.
Por ahora, el día acaba. Mientras el sol se apaga y el cielo tuerce el azul hacia el violeta, Meshu observa cómo el pequeño Baby trepa como una araña sobre los hombros de una de sus compañeras. Un segundo más tarde, dibuja una pirueta perfecta en el aire y cae con precisión sobre sus pies de seis años. En un movimiento breve, el cuerpo abandona la suciedad de las calles y el dolor de las agresiones: Veloz, se desplaza. En un movimiento rápido, como el giro de una llave, un instante abierto al vuelo cierra en su cuerpo el paso a las invasiones. Inmensos, sus ojos se abren de par en par, tanto como su sonrisa. Después busca los ojos familiares de Meshu. Y él también sonríe.
En ciertos giros cabe, siempre, la posibilidad.

Website: The Awassa Youth Campus (AYC)

Javier Acebal

About the author: Javier Acebal

I'm a photographer based in Dakar (West Africa). I love to document cultures and people! (but also working for tourism industry).

Post comment