music - Ancorpiu

Al ritmo del djembé

Se escucha en los mercados, en los autobuses, en los taxis y en las calles de los suburbios de Dakar. Tiene un compás endiablado. En las discotecas la gente se mueve a un ritmo lento, uniforme, pero de vez en cuando (durante el estribillo o a raíz de una pista oculta), los pies y los brazos se lanzan al aire en ángulos y combinaciones difíciles de comprender.

LUNA VIVES / PATRICIA GARCÍA

Durante las famosas soirées se forma un círculo alrededor de la pista en el que entran hombres y mujeres, por turnos. El pagne (falda larga tradicional) se abre para dejar paso a la locura. Sudor y sonrisas compiten con el ritmo de los tambores.

Cuando le pregunto a Thioro qué es lo que echa más de menos de Bignona no lo duda un segundo: «mi familia, la comida y las noches de baile con las amigas del barrio». Con una sonrisa preñada de nostalgia, relata las competiciones que hacía de vez en cuando con su grupo de amigas. Compraban metros de tela que llevaban al sastre para que les hiciera a todas un traje igual (pagneboubou ceñido y pañuelo para el pelo). Acordaban el encuentro con otro grupo de mujeres y llevaban una banda con tambores: djembéssabartama, micrófonos… Alrededor de la puesta de sol se juntaban para bailar hasta caer rendidas.

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Lil Rawan

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Rawan, el futuro de un continente

Texto por Vicente Díez Faixat | 17/07/10

Se llama Rawan Diallo. Le conocí en Bilbao, en diciembre de 2008. Era un chavalillo extremadamente delgado que acababa de cumplir los 13 años y me lo presentaron como el futuro de la música senegalesa. Un genio del rap. Mucho más: un niño cuyo carisma especial le había convertido, desde hacia tiempo, en una especie de líder de su barrio natal de Guediawaye.
Guediawaye, una de las zonas más deprimidas del norte de Dakar, la capital senegalesa, un barrio de construcciones muy precarias, gueto, foco de violencia, un lugar donde los jóvenes no tienen nada qué hacer, ni tan siquiera albergar alguna esperanza. Juegan al balón, a las maquinitas, chatean en algún cíber si encuentran algunos francos cfa, escuchan música y sueñan, sueñan con venir a Europa donde todos saben que los árboles no tienen hojas sino billetes, que lo han visto en la tele… sueñan con ser el Eto’o o el Messi que ellos saben que son… sueñan con parecerse a sus ídolos musicales, reggae, rap… el rap, la disidencia, grito urbano de quien nada tiene, algo parecido al jazz de los comienzos.
El propio Rawan se quedó sin casa durante las inundaciones del pasado otoño. Lo perdió todo, hasta los equipos de música y los teclados y el ordenador que le habían hecho llegar los miembros del Colectivo Antiego cuando, casualmente, conocieron al chaval y decidieron apostar por él. La familia tuvo que dispersarse entre casas de hermanas y parientes. Pero sigue sonriendo y aceptando. Sabe que Allah le prepara un futuro mejor. Y trabaja duro para conseguirlo. A sus 14 años.
Pero no se trata de un chaval común. Le he visto más veces, también en Senegal. Siempre es el centro de cualquier ambiente, niños pequeños, adultos, directores de cine, otros cantantes, artistas. Un carisma que estalló cuando tenía ocho años y empezó a componer y cantar hip-hop y a aglutinar más chavales, la mayoría mayores que él, hasta llenar su barrio de música.
Sorprende. No es clasificable. Afectuoso, pendiente de todo, detallista hasta el límite, tremendamente expresivo, contagiosamente alegre, imagen de la música que compone, consciente de su juventud pero con una madurez que a los occidentales nos sorprende, sin dejar de tener la edad que tiene. Unas canciones, un grupo de amigos, pequeños conciertos en la calle en colegios, antes de dar el salto a festivales y ya con material para su primer CD.
Pedro González, Javier Morales, el Colectivo Antiego, finalistas de varios Goyas, habían ido a Dakar para filmar un reportaje cinematográfico sobre un festival musical. Fue entonces cuando descubrieron a lil-Rawan (el prefijo ‘lil’, en wolof, alude a un niño) y su personalidad desbordante hizo que le convirtieran en el centro del reportaje, lo que pasó a ser una película, película que se estrena el próximo lunes en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón. La película se titula ‘Rawan’. Y otro gran fan de nuestro Rawan, Juan Manuel Montilla ‘Langui’, ha prestado su voz en off.
¿Cuándo tu vida está llena de preguntas, es el hip-hop la respuesta?
O cómo un chiquillo delgadito, de dedos, brazos larguísimos y expresivos, con una sonrisa total y una pasión desbordante, ha arrastrado a cientos de chavales de su barrio, cómo ha dado sentido a sus vidas y respuesta a sus preguntas. Y ejemplo a sus vidas: Rawan juega con sus amigos, va de fiesta, a la playa… pero asiste cada día a sus clases en el colegio, aprende idiomas, también español, va a la escuela de música de la Maison de la Culture Douta Seck, en la Medina de Dakar («qué suerte, ahora, viviendo donde vivo, la tengo más cerca y no necesito emplear casi dos horas para llegar allá»), ensaya con su grupo y ha comenzado a rodar seriales para la televisión, primero como figurante, un chavalillo que tenía que cantar en un escenario, para concluir como protagonista absoluto del telefilm. Y la gente, de cualquier edad, siempre, rodeándole.
Dos días antes del estreno de la película, hoy, Rawan dará un concierto en la Ciudadela de Capua. Ambos eventos son, en realidad, dos aspectos de un mismo proyecto. Lo que Rawan aporta y lo que significa.
Es curioso cómo se ha establecido una comunicación, una vibrante relación epistolar entre nosotros, con e-mails casi diarios, me llama por teléfono para cantarme alguna canción que está componiendo o me adjunta maquetas de los temas que interpreta con el equipo que le habían cedido los componentes del Colectivo Antiego, el que se llevó la riada de otoño. Ahora utiliza la guitarra y se adentra en otros terrenos, siempre la música.
Rawan me ha ayudado mucho, incluso a ver la vida de otra manera. Carezco de su capacidad de aceptar lo inevitable y tomar impulso para luchar aún con mayor ímpetu. Pero me enorgullece nuestra amistad peculiar. Y es que la verdad se encuentra en los lugares más insospechados, donde permanece oculta, latente.
Cuando el Ayuntamiento de Gijón me pidió sugerencias para su amplio programa sobre ‘África: objetos y sujetos’, estaba claro que un concierto de Rawan debería ser prioritario. Porque, además del África etnográfica que se presenta en el Palacio de Revillagigedo, de los artistas contemporáneos emergentes, de la pasión por el fútbol, Rawan representa el futuro del continente: la pasión, la fuerza, la convicción, la fe de mejorar las cosas desde dentro, con los suyos. Y el carisma necesario para transmitir y aglutinar.
Rawan tiene muchas cosas que enseñarnos. Y sólo tiene 14 años. Pero sabe que Allah está con él y que ha de avanzar poco a poco. También sabe que en Gijón tiene muchos amigos y aquí dará otro paso adelante en su camino. Y nosotros, con él, en el nuestro.
– El artículo original en El Comercio.