Mujeres y fronteras

Un país conectado

En la organización que ayuda a buscar trabajo a Ndei, así como al resto de inmigrantes independientemente de su origen, le han dicho que adecúe su currículum al de una trabajadora doméstica, que es el único trabajo al que podrá optar si tiene suerte.

LUNA VIVES / PATRICIA GARCÍA

Porque incluso en ese sector a las mujeres negras y musulmanas se les ponen pegas. «En los hogares españoles – dice Ndei – prefieren a las latinoamericanas». La persona que lleva la bolsa de trabajo en la organización a la que ella acude desde hace años dice lo mismo: «lo mejor es que parezcan mujeres con pocos estudios, pocos recursos y dóciles: alguien que no traerá problemas». Ndei añade que esto no es todo: “como busques trabajo de interna y se te ocurra decir que no comes jamón, te miran con cara rara y no te vuelven a llamar”.

De modo que Ndei dejó fuera del currículum sus estudios universitarios y su experiencia profesional como secretaria de un ministro en Senegal. Dejó fuera los varios idiomas que habla y sus conocimientos de contable, y escribió: “Graduado escolar. Con formación en cuidados de mayores en la Cruz Roja.”

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Al ritmo del djembé

Se escucha en los mercados, en los autobuses, en los taxis y en las calles de los suburbios de Dakar. Tiene un compás endiablado. En las discotecas la gente se mueve a un ritmo lento, uniforme, pero de vez en cuando (durante el estribillo o a raíz de una pista oculta), los pies y los brazos se lanzan al aire en ángulos y combinaciones difíciles de comprender.

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Durante las famosas soirées se forma un círculo alrededor de la pista en el que entran hombres y mujeres, por turnos. El pagne (falda larga tradicional) se abre para dejar paso a la locura. Sudor y sonrisas compiten con el ritmo de los tambores.

Cuando le pregunto a Thioro qué es lo que echa más de menos de Bignona no lo duda un segundo: «mi familia, la comida y las noches de baile con las amigas del barrio». Con una sonrisa preñada de nostalgia, relata las competiciones que hacía de vez en cuando con su grupo de amigas. Compraban metros de tela que llevaban al sastre para que les hiciera a todas un traje igual (pagneboubou ceñido y pañuelo para el pelo). Acordaban el encuentro con otro grupo de mujeres y llevaban una banda con tambores: djembéssabartama, micrófonos… Alrededor de la puesta de sol se juntaban para bailar hasta caer rendidas.

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Labores compartidas

La pesca y la agricultura siguen siendo el motor económico de Senegal y en estos dos sectores hombres y mujeres se ocupan de labores complementarias.

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En la pesca, por ejemplo, son los hombres los que se aventuran a salir al mar, normalmente en embarcaciones de madera y utilizando métodos tradicionales que no pueden competir con las flotas extranjeras. Se trata de una pesca de subsistencia que se paga mal pero requiere mucho esfuerzo. Una vez en la costa, son las mujeres las que se encargan de preparar el pescado para la venta: son ellas las que lo limpian, lo ahúman o lo trituran y lo venden en los puestos de los mercados locales. Los camiones y las cámaras frigoríficas son extremadamente raros en la producción local (normalmente sólo las empresas extranjeras se pueden permitir esos lujos), lo que significa que el pescado que no se ahúma en seguida se echa a perder.

En el campo también se da una división del trabajo según el género. Un 40% del territorio nacional se dedica a la producción del cacahuete, el principal producto agrícola del país. Pero, igualmente, es un sector poco modernizado, que depende de sutiles variaciones en las condiciones climáticas y que produce poco. La producción se centra en cosechas destinadas a la alimentación de la población autóctona (mijo, arroz, maíz y sorgo) o a la venta doméstica e internacional (cacahuetes, caña de azúcar, algodón y goma arábiga).

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Modelos de mujer

A pesar de los obstáculos que la tradición interpone entre las mujeres de Senegal y el mercado de trabajo, aparecen nuevos modelos de feminidad. Junto a la mujer tradicional (esposa joven, madre de familia numerosa y ama de casa) comienzan a verse más y más mujeres profesionales, jóvenes que tienen aspiraciones más allá del hogar y que cuentan con el apoyo de su familia.

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La educación de las mujeres en el país es un gran reto: según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, mientras que más de la mitad de los hombres (52,3%) sabía leer, sólo un tercio de las mujeres (33%) estaba en la misma situación en 2007.

La situación es particularmente preocupante en las zonas rurales de Senegal. En las ciudades, las tasas de escolarización de niñas y mujeres jóvenes son más altas, y un número reducido pero creciente de ellas decide continuar y realizar estudios secundarios. Eso, claro, si la familia apoya esta decisión y puede permitirse el lujo de una educación universitaria, porque las becas son escasas y a menudo no llegan a los beneficiarios, provocando huelgas e interrupciones de clases que pueden llegar a durar meses.

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Dios es grande

Insha’Allah. Si hay una expresión que se escucha en las calles de Senegal es esta: Insha’Allah, si Dios quiere. “Iré a España a trabajar para mantener a mi familia, Insha’Allah”. Y en España: “volveré a Dakar para celebrar el tabaski (la fiesta del cordero) con mi familia, Insha’Allah, iré con mi boubou (vestido) nuevo y compraremos un par de carneros para compartir con los vecinos”.

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Y otras expresiones de la vida diaria: Alhamdulillah, loado sea Dios, por sus bendiciones, por haber dormido bien, porque un familiar haya conseguido sus papeles en España; a veces sustituida por el equivalente en wolof: Sante Yalla. ¿Qué tal la familia?: Gnu ngi ci jamm? Sante Yalla, bien, gracias a Dios. O Bismillah (literalmente, en el nombre de Dios, el más misericordioso, el compasivo) antes de comer para desear una buena digestión a los invitados en torno al plato de thiéboudienne. También se escucha a menudo el Waaye Yalla baaxna: no pierdas la esperanza de que todo saldrá bien, pues Dios es grande en su misericordia.

Son manifestaciones diarias de la fuerza del Islam en Senegal, donde el 95% de la población profesa esta religión, una proporción que ha ido ganando terreno a católicos y animistas a lo largo del siglo XX.

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En el mercado

“Desde Dakar a mi pueblo se tardan un par de horas. Primero coges un sept places (taxi colectivo) hasta Thiès, y luego un ndiaga ndiaye(minibús). Cuando llegues a la estación, pregunta por mi padre. Y no te olvides de pasarte por el mercado, mi madre tiene una tienda de ultramarinos justo al lado de donde están las mujeres con los pescados, ellas son mis hermanas, ya sabes, las mujeres con las que he crecido, aunque no seamos de la misma familia como decís aquí en España.”

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Maimouna llegó a España hace un par de años como temporera para recoger fresas en Huelva. Como la mayoría de las mujeres que llegaron a través de este contingente entre 2006 y 2008 (un 90%), decidió quedarse al terminar su contrato. Se convirtió en una inmigrante “sin papeles” y hoy, más de dos años después, sobrevive gracias a la ayuda de sus compatriotas.

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Emigrantes

Cuando le preguntamos por la relación de las mujeres senegalesas con la emigración, el profesor Papa Demba Fall, de la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar, responde: “existe lo que llamamos ‘mujeres inmóviles’, que son las que se quedan pero cuyos maridos han emigrado a otros países. Las ‘mujeres dependientes’, que emigran a través del proceso de reunificación familiar para ir junto a sus maridos que emigraron antes que ellas. Por último hay un colectivo mucho menos numeroso: el de las mujeres casadas que emigran independientemente.”

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A su lado, la profesora Fatou Sarr, directora del Laboratorio de Género e Investigación Científica en la misma universidad, asiente: “para comprender la emigración de mujeres senegalesas hay que entender que el matrimonio en Senegal, sobre todo el primer matrimonio, es una institución profundamente familiar. No podemos hablar de libertad en el sentido occidental porque los cónyuges no se eligen, son los padres los que deciden cuál es la unión perfecta, por lo general dentro de la familia extensa. Pero tampoco podemos hablar de matrimonios forzados, sino más bien consentidos, aunque los futuros esposos -sobre todo la mujer- no siempre están en condiciones de plantar cara a una elección que no les complace. Al mismo tiempo, el matrimonio en Senegal está profundamente marcado por la relación de dominación de la mujer con respecto a su marido que impone el Islam, y por eso la emigración de mujeres solas es un fenómeno poco frecuente. Sobre todo en destinos recientes como España.”

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Problemas de salud

Mame trabaja en un restaurante senegalés de Madrid. Lleva en España desde los 16 años, está casada con un senegalés de su ciudad natal y tiene un hijo de 8 años que anda a caballo entre dos tierras: la de sus padres y la suya propia. Como otras mujeres senegalesas, Mame tiene problemas compaginando su trabajo y las demandas de la maternidad.

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El dilema es el siguiente: si cuida de su hijo Pape se arriesga a perder su trabajo y su permiso de residencia; si trabaja, ha de pagar a alguien para que cuide de Pape (lo que le costaría más de lo que gana en un mes) o mandarlo a Senegal durante parte del año para que lo cuiden las mujeres de su familia política.

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Ser mujer en Senegal

La sociedad senegalesa es una sociedad compleja, en la que coexisten más de diez grupos étnicos distintos y al menos tres religiones, a su vez divididas en un gran número de familias o sectas que dentro del Islam se conocen como cofradías.

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Con la excepción de la región sur de Casamance, hogar de los Jola, estas divisiones étnicas y religiosas no han llevado a enfrentamientos de mayor relevancia. De hecho, es digno de destacar que en un país con una mayoría musulmana aplastante (aproximadamente el 95%), el primer Presidente de la República tras la independencia en 1960 fue un católico de una etnia minoritaria: Léopold Sédar Senghor. read more

Mujeres y fronteras

La travesía ha sido larga y a menudo complicada, aunque la mayoría de sus dramas, como los nuestros, son cotidianos. Un día tomaron la decisión de dejar atrás todo lo conocido para empezar una aventura que les llevaría a España.

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A veces lo hicieron solas, buscando esos euros que les permitirían pagar la educación de sus hijos o mantener a sus padres; otras veces emprendieron el viaje para completar sus estudios o siguiendo a sus maridos. Algunas protagonistas de nuestras historias se fueron con un “hasta luego” y el viaje no tuvo fecha de retorno, mientras que otras que pensaron quedarse en España ya han hecho las maletas ante las enormes dificultades para conseguir un trabajo estable dada la actual situación económica.

Son las historias invisibles de la inmigración que no suelen salir en el telediario: mujeres (y hombres) que partieron del aeropuerto de Yoff y que sólo han visto cayucos con inmigrantes en la televisión. Inmigrantes que luchan día a día para cubrir los gastos y seguir adelante, sin que nadie les pregunte quiénes son o de dónde vienen. Historias, también, de su relación con los que quedaron atrás…

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