Ser mujer en Senegal

La sociedad senegalesa es una sociedad compleja, en la que coexisten más de diez grupos étnicos distintos y al menos tres religiones, a su vez divididas en un gran número de familias o sectas que dentro del Islam se conocen como cofradías.

LUNA VIVES / PATRICIA GARCÍA

Con la excepción de la región sur de Casamance, hogar de los Jola, estas divisiones étnicas y religiosas no han llevado a enfrentamientos de mayor relevancia. De hecho, es digno de destacar que en un país con una mayoría musulmana aplastante (aproximadamente el 95%), el primer Presidente de la República tras la independencia en 1960 fue un católico de una etnia minoritaria: Léopold Sédar Senghor.

Aún así, es imposible ignorar la enorme influencia de los marabús (líderes religiosos de la comunidad islámica) tanto en la vida cotidiana de la población como en las decisiones políticas, económicas y sociales que se toman en las altas esferas del gobierno senegalés. También se habla de la “wolofización” de Senegal: un proceso en el que la cultura de los Wolof va, poco a poco, imponiéndose a otras lenguas y formas de hacer, sobre todo en Dakar.

Es imposible hablar del estatus de la mujer senegalesa. La situación de las mujeres en el país varía enormemente en función del contexto (rural / urbano) y el grupo étnico de referencia. Lo que está claro es que, cada vez más, éstas juegan un papel fundamental en la vida pública del país y, sin duda, en el devenir de las migraciones senegalesas hacia España. En un contexto de aguda escasez de trabajo, el modelo de familia tradicional simplemente no funciona; las mujeres salen a la calle a buscar dinero para mantener a su familia y cada vez es más común encontrarse con profesionales féminas que abren nuevas sendas para generaciones futuras.

La región de Casamance, al sur del país, es mayoritariamente agrícola y durante décadas ha estado sumida en un conflicto separatista. En el campo, las mujeres se encargan de las labores del hogar en condiciones poco favorables (la mayoría de las casas no tienen ni electricidad ni agua corriente), a la vez que cultivan la tierra y ganan un pequeño sueldo comerciando en el mercado local. Las mujeres pueden realizar cualquier tarea desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la noche, con una excepción: el trabajo de chófer.

A pesar de los avances de la mujer en el terreno profesional en las grandes ciudades, aquí también suele dominar una estricta división del trabajo en función del género, en la que el varón es responsable de cubrir las necesidades materiales de la familia y las mujeres se encargan de las tareas domésticas. En las ciudades de la periferia de Dakar, como Guédiawaye, se estima que el 80% de los hogares dependen total o parcialmente de las remesas de los emigrantes.

Muchos hogares están encabezados por mujeres solas que viven de estas remesas y, entre envíos, se ocupan de todas las labores de la casa como limpiar, cocinar, cuidar de los niños, hacer la compra, llevar familiares enfermos al hospital, etc. Son ocupaciones de naturaleza profundamente social: es raro ver a una mujer cocinando o haciendo la colada sola. Estas ocasiones sirven para reforzar los lazos sociales mientras se habla de la familia, de los amigos, de los problemas, de las ilusiones, de la ausencia del esposo…

En la imagen, parte de la exposición Mujeres y Fronteras, un grupo de mujeres hacen la colada en el patio interior de un edificio en el barrio de Marché Boubesse en Guédiawaye, a las afueras de Dakar.

Javier Acebal

About the author: Javier Acebal

I'm a photographer based in Dakar (West Africa). I love to document cultures and people! (but also working for tourism industry).

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